Nada de lo que sucedió después de ese pequeño accidente con su mascota, podría haberse imaginado. En 2012, mientras Jayne Hardman paseaba cerca de su casa en Redditch, Worcestershire, Inglaterra, su perro mastín napolitano, Cece, cambió su destino con un salto efusivo. “Saltó sobre mí y me golpeó la nariz”, relató al periódico británico Daily Mail. Aunque sintió un dolor inicial, no creyó que fuera algo grave: “Me dolía, pero no estaba rota”.

Finalmente fue grave, pero en perspectiva ella misma cree que fue salvada. Jayne no culpa a Cece que accidentalmente desencadenó su enfermedad. Al contrario, lo ve como un salvador. “Creo que me salvó”, reflexionó. “Pasaron dos años antes de que me diagnosticaran granulomatosis de Wegener”, relató sobre la rara enfermedad autoinmune que inflama y destruye los vasos sanguíneos. La colisión con Cece había despertado la enfermedad, que hasta entonces permanecía latente.

Su nariz se empezó a desmoronar. El flujo de sangre empezó a disminuir drásticamente, dañando el tejido hasta el punto de deformarla. Hacia su rostro, el deterioro gradual la transformó. El cambio físico la obligó a enfrentar un rechazo doloroso. “La gente me miraba horrorizada”, relató. El impacto emocional fue igual de devastador. Durante cinco años apenas salió de su casa, dejó de trabajar y empezó a someterse a tratamientos agotadores.

La verdadera salvación

Así como Cece, fue el equipo del hospital Queen Elizabeth de Birmingham quien le salvó la existencia en 2017. Jayne fue puesta bajo el cuidado de una jefa de prótesis cuya creatividad y empatía hicieron toda la diferencia. El proceso incluyó atornillar tres pequeños imanes en su rostro para sostener una prótesis nasal removible. “Tengo varias narices diferentes. La última vez que llevé la cuenta eran siete”, explicó. Entre ellas, una “nariz de borracho” diseñada para coincidir con el sonrojo facial tras unas copas. “Les dije que me sentía cohibida porque mi cara se sonrojaba, pero mi nariz no, y me hicieron una un poco más rosada”, acotó.

Hoy, colabora con Vasculitis UK, ofreciendo charlas a médicos y pacientes. Durante estas sesiones, no teme mostrarse vulnerable: “Siempre me quito la nariz en el escenario porque creo que me hace muy memorable”, dijo. Y su objetivo es claro: usar su historia para que otros puedan ser diagnosticados a tiempo y evitar el sufrimiento que ella vivió.

Más allá de lo médico

A pesar de las adversidades, Hardman encontró apoyo incondicional en su familia. Su esposo, Martin, se convirtió en su roca durante los años más oscuros: “Tengo un matrimonio increíblemente sólido, y sé que Martin me ama pase lo que pase”. Sus hijos también fueron un motivo de esperanza, aunque el dolor de no poder olerlos o abrazarlos con normalidad dejaba una marca imborrable.

Mientras su enfermedad la apartaba del mundo exterior, su familia fue el puente que la mantuvo conectada con lo esencial. Jayne reconoció que ese amor inquebrantable fue clave para su resiliencia emocional durante los años en que su vida se volvió irreconocible.

DESMORONAMIENTO. La nariz de la británica quedó en mal estado cuando la enfermedad avanzó.